VIII Certamen literario del IES Universidad Laboral: aquí tenemos uno de los relatos premiados, el de Paz Lezcano, de S4B:

Historia de un chico incompleto

Érase una vez un chico incompleto. Este chico incompleto lo era por falta de cariño, porque nadie le quería. Y ahora, podría decir algo como “pero él era feliz”, pero si lo hiciera, no habría casi historia. Porque él no era feliz. Era muy desgraciado. Pero era fuerte y nadie lo notaba. Él se refugiaba en el vodka, el tabaco y los porros. Y su vida no tenía ningún sentido, porque no había nada que le hiciese feliz más que eso. Él siempre estaba impasible, esquivo con todo el mundo, apretando la mandíbula y dándole vueltas al piercing de su ceja. Y no parecía que nada ni nadie le pudiera salvar. Pero alguien pudo, porque si no se acabaría el cuento, y tampoco tendría sentido.

Le conoció en el bar. Era el que le servía el tequila. A veces se hablaban, formalismos y palabras cordiales. Otras veces se miraban. Miradas muy profundas que hicieron que algo de su vida tuviera importancia.

Un día, mientras lo miraba, se dio cuenta de que lo quería. Como nunca había querido, como nunca le habían querido. Y, bueno, este chico incompleto se sintió un poco menos incompleto. Y como nunca se había sentido así, decidió que no podía dejarlo pasar. Así que una noche, después de un par de tragos de tequila, le cogió del brazo y le arrastró al baño.

Cerró la puerta tras de sí y le besó. Con ganas, con fuerza, con todo él. El otro se sorprendió tanto que se apartó. Se quedaron mirándose a unos pocos pasos de distancia, resoplando, muy serios. Y, como si el momento estuviera marcado a fuego, como si les dieran la señal de salida, ambos fueron al encuentro del otro y se besaron como si fuera lo que más importaba del mundo, porque en ese instante, para ellos lo era.

Y se besaron con ardor, y se arrancaron la ropa el uno al otro, y se amaron, sin orden ni concierto. Pero todo quedó escondido tras las puertas del baño, y cuando salieron, con las mejillas sonrosadas y los labios hinchados, hicieron como si nada hubiera pasado.

Y durante mucho tiempo se quisieron a escondidas, sin atreverse a mostrar su amor al mundo. Y seguían encerrados tras las puertas del baño, como si de un gran armario se tratase, amándose sin descanso, susurrándose “te quieros” entre respiraciones, sintiéndose arder el uno en el otro.

Y nuestro chico incompleto, que en realidad ya no lo estaba, se volvió a dar cuenta de que lo amaba, de que él era lo que más quería, y de que, de nuevo, no podía dejarlo correr. Y empezó a besarle delante de todos. Y a decir lo que en verdad sentía. Y, aunque por su parte fue muy egoísta, afortunadamente no salió mal. No por el momento, al menos. Y a él le despidieron, y muchos de sus amigos le retiraron la palabra, y sus padres no le dejaron comer con ellos en Navidad, pero qué más daba, estaban juntos, y para ellos era lo primordial.

De nuevo, podría haber quedado aquí. Ahora podría decir que vivieron muy felices, se casaron, adoptaron muchos niños y nunca dejaron de quererse hasta que murieron. Y, aunque en realidad esto último es cierto, lo demás no. No todo es bonito.

Porque un día, después de amarse como tantas otras veces, aunque esta vez en su cama, nuestro chico incompleto que ahora ya no lo estaba, salió de la habitación para preparar el desayuno. Y cuando terminó, le llamó, pero no contestó. Y le llamó otra vez, pero de nuevo no obtuvo respuesta. Y él pensó inocentemente que era una broma y fue a buscarle sonriente. Pero al llegar a la habitación se encontró a su amor tirado en la cama, todavía desnudo bajo las sábanas, con la sangre saliendo a borbotones de sus muñecas, resbalándose por su piel oscura como el carbón hasta caer en el suelo, como si fuera una cascada. Y él no dijo nada, ni tampoco hizo nada, porque realmente no sabía cómo reaccionar. Así que se quedó quieto, completamente impasible, observando como la vida de lo que para él era toda su vida se apagaba. Y se sintió morir. Completamente. Le fallaron las rodillas, cayó al suelo y se abrazó a sí mismo, buscando consuelo donde no lo había. Y descubrió que no había dolor peor que ese. Y todavía, al inhalar, olió de sus labios la saliva que habían dejado sus últimos besos. Y así, nuestro chico incompleto que ya no lo estaba, se rompió, sin poder nunca volver a arreglarse.

Por muy diferentes que seamos o nos creamos, todos sufrimos nuestras propias desgracias.

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